No tengo nada para dar a nadie.
Nada que me sobre.
Nada para darte.
No tengo ni una línea que tenga algún sentido.
No tengo tiempo, como siempre.
No tengo, no soy, no puedo.
Ni siquiera esta negación me hace tener negativas
ante la posibilidad de vivir.
Eso es lo bueno.
Cuando no tengo nada,
vivir es lo único que tengo.
Y tener “vivir” es como tener un verbo.
El Tiempo vive, y yo con él.
El mundo vive, rueda como pivotando.
Va, viene,
tiene mis ojos como luciérnagas.
El gerundio de viviendo
es igual al de caminando,
y si me descuido un poco,
estoy perdiendo, estoy andando.
Sí, es el paso del Tiempo lo que me corroe,
porque creo que es un invento loco.
No puede ser que me pase,
que no pare,
que llegue...
que exista,
pero no lo toque
y no pueda verlo.
El Tiempo no es un verbo,
es un pluscuamperfecto,
y por eso no lo entiendo.
El Tiempo hace universos paralelos.
Y ahora está: Pluscuamperfecto.
Ahora, yo intento ser,
estar siendo,
un verbo.